DE ESPIRA A JULIACA


16 DE FEBRERO DE 1938


El Tren de pasajeros de aquel día, que hacia su recorrido habitual entre Arequipa y Puno, era esperado ansiosamente por los habitantes de Juliaca. Al atardecer, veíase animación desacostumbrada para un día ordinario: banda de Músicos en la Plaza principal. Chicos que preparaban sus cohetes las autoridades del lugar en traje de recepción y sobre todo, un grupo de señoras y señoritas que activas y presurosas, ponen fin a los últimos preparativos en una casa de la Calle Noriega ... ¿Quién vendrá? ¿a quienes esperaban?...

La noticia había corrido como un reguero de pólvora hacía poco tiempo...¡llegarían religiosas alemanas para abrir un colegio para niñas en Juliaca! ¡ increíble!... desde Alemania, un país tan lejano y tan famoso, hasta Juliaca... un pueblecito abierto a todos los rigores de las punas andinas... ¿será cierto?. Sí, esa tarde llegaban en tren...

Y arriban verdaderamente: un grupito de 6 hermanas de Santa Rosa de Lima, vestidas de blanco y negro... ¡Qué jóvenes y blancas parecían... y en sus ojos pintábanse el asombro ante el extraño y lo nuevo del ambiente... de Espira a Juliaca... habían llegado a su destino, después de un larguísimo viaje. ¿Cómo pudo realizarse? ¿Porqué precisamente a Juliaca desde la lejana Alemania? La Divina Providencia tiene extraños caminos...

Desde 1935, el pueblo de Juliaca, deseaba para la educación de las niñas, una congregación religiosa que regentara un colegio. El Excmo. Mons. Salvador Herrera, obispo de Puno, incansable en su labor pastoral, movía todos los resortes para encontrar solución al asunto y no la hallaba, hasta que en 1937, conoció a un sacerdote Alemán el Rvdo. P. Hollick, quien se ofreció para ver si la congregación de su hermana en Alemania, tendría religiosas disponibles para esa fundación en Juliaca. La Madre General de dicha congregación al no poder aceptar la oferta, le comunicó a la Rvda. M. General de las M..M. Dominicas de “Santa María Magdalena” , M. Ambrosia Hessler, O.P. quien en esa época crucial para Alemania por el Nazismo, anhelaba abrir la congregación hacia el campo misional.


El llamado desde la tierra de Santa Rosa fue escuchado en Espira y así, ese día del 16 de febrero 1938, marcó, el comienzo de un etapa gloriosa en el campo misional.

¿Cómo narrar los arduos principios de aquellos primeros años? Nuestro Señor había preparado la casa, donada generosamente por la Señorita Elena Costas; en señal de gratitud el colegio se denominó “Elena de Santa María” y la fiesta del mismo se fijó para el 12 de septiembre, día del Dulce Nombre de María.

La imaginación y el recuerdo nos permiten remontarnos a aquellos años y vislumbrar en la lejanía las dificultades con que tropezaron las nuevas misioneras. Las diferencias de idioma, raza, costumbres; el mismo paisaje andino tan distinto al de Alemania, convertía el medio en más extraño y más duro. Junto a las heridas sangrantes de un corazón desgarrado por la separación de lo más caro y querido para el ser humano: la patria y la familia, añadíanse las espinas cotidianas de las privaciones e incomodidades materiales. ¡Cuántas veces en aquellos primeros años, el hambre y el frío fueron los compañeros inseparables de las religiosas! ¡ frío en los cuerpos.... frío espiritual por todas partes!. Más, ellas llevaban en el alma una hoguera de amor inextinguible y es por eso que nada se traslucía y las sonrisas abiertas de sus rostros, no dejaron adivinar que el hambre atenaceaba las entrañas... ¡hambre y frío! ... ¿Qué importaban si eran almas que buscaban, almas para Cristo; almas redimidas por la Cruz y el sacrificio diario de sus vidas.

¡ 70 años, han pasado desde aquel día lejano el 16 de febrero de 1938!... 70 años de trabajo continuo que han dejado honda huella material y espiritual. ¿Quíen podría aquilñatar lo que significa y el profundo contenido de la misión